miércoles, 16 de enero de 2008

Claustros públicos: Agonía y utopía del espacio público en la Lima del siglo XXI


Artículo publicado por primera vez en la revista La Colmena de la especialidad de Sociología de la PUCP, 2007.


Cinco niños jugando a la pelota en la entrada de un parque clausurado por la municipalidad, ambulantes y mendigos apoderándose del piso de un puente peatonal que cruza la Panamericana Norte, parejas de enamorados buscando espacio para sentarse sin tener que consumir en los espacios residuales de un centro comercial; estas y otras escenas se han vuelto cotidianas en la Lima de hoy. Una Lima donde el espacio público ha sido en los últimos años desde violentado hasta desaparecido, pasando en el camino por ser vendido, alquilado, concesionado, mutilado, cerrado, tapiado, enrejado o por último olvidado.

“Lima, la horrible” escribía Salazar Bondy hace más de 40 años, pero cabría preguntarse si es que además de horrible puede llegar a ser, algún día, completamente ajena a sus propios habitantes. Dadas las condiciones presentes, no deberíamos sorprendernos de que un escenario casi-apocalíptico, con una ciudad donde los únicos espacios comunes de encuentro que se puedan hallar en ella sean aquellos destinados estrictamente para la circulación, pueda estar a la vuelta de la esquina

1. Antonimia

¿Qué es lo que define que un espacio sea público o privado?
Entendiendo a lo público, como lo notorio, visto o sabido por todos, perteneciente o relativo a todo el pueblo; y a lo privado como aquello que no es de propiedad pública o estatal, sino que pertenece a particulares (Real Academia de la Lengua, 2001), podemos establecer que mientras la diferencia es clara en el papel, en la práctica esta ha perdido claridad en cuanto a su aplicación al binomio espacio-tiempo se refiere.

Los límites entre lo público y lo privado, en estos agitados tiempos de globalización por los que atravesamos, han devenido en borrascosos y confusos. El surgimiento de espacios cuya principal característica es la de asemejar plazas y parques en su mas clara acepción (es decir, lugares donde se celebran las ferias, los mercados y fiestas públicas, en el caso de las plazas y terrenos destinados en el interior de una población a prados, jardines y arbolado para recreo y ornato, en el caso de los parques), pero cuya principal característica es la de encontrarse dentro de edificaciones o terrenos a su vez mayores, destinados a actividades de consumo masivo como centros comerciales, supermercados, cines e inclusive bancos o conjuntos de oficinas, ha logrado opacar la clara línea divisoria entre ambos conceptos.
Sin embargo, existen momentos en los que esta línea logra mostrarse más clara que nunca y es cuando dentro de esta parafernalia comercial se deja de ser un simple cliente para volver a ser un simple mortal en busca de un lugar de recreo sin un centavo que gastar. Tanto es así, que un nuevo parámetro afirmado para definir el grado de privacidad de un lugar es el de tratar de tomar una foto para el recuerdo dentro de estos lugares, sin que el guachimán mas cercano amenace con quitarnos la cámara o llevarnos a la administración. Si alguien ha intentado acercarse a la pileta de la plaza de armas de Lima o mojarse las manos en ella entenderá perfectamente estas líneas.
Pero estas transformaciones conceptuales no solo se dan a nivel de parques o plazas como modelos estacionarios de espacio de reunión, sino que también han alcanzado a aquellos imbuidos de mayor dinamismo en sus cualidades intrínsecas como el boulevard o la tradicional alameda, modelos todos que se hace necesario abordar con mayor profundidad mediante ejemplos concretos.

2. Agonía
Pocos imaginaban a inicios de los noventas, con el comienzo de la era ultra neoliberal en el país, que el proceso de privatización de lo público llegaría tan lejos. Tan lejos, que haría falta estrellarnos, literalmente, contra rejas metálicas al final de la calle de un suburbio limeño para darnos cuenta de que algo no encajaba con el mito del desarrollo (o de la honradez, tecnología y trabajo, lo mismo da) con el que nos atragantábamos sin pensarlo demasiado.

Y es que no solo el transporte público dejo de serlo para inundar nuestra ciudad de “combis de la muerte” y los subsiguientes caos vehicular, saturación del parque automotor y contaminación ambiental, sino que hoy, a casi dos décadas del inicio de aquel proceso, pareciera que este no pudiera más que empeorarla día a día.
No solo nos encontramos en una urbe que necesitando de 9 a 11 m2 de área verde por habitante solo cuenta con 1.7 m2, sino que los espacios comunes destinados al esparcimiento y reunión de los limeños fuera de la estresante rutina diaria se han visto reducidos considerablemente hasta el punto de encontrarse en vías de extinción.
La calle y la plaza, espacios donde el libre albedrío era un siempre bienvenido huésped, escenarios de innumerables cambios sociales a través del tiempo, han sido reemplazadas por el pasaje comercial y el patio de comidas, ámbitos de estricta regulación donde todo está controlado para que el individuo se sienta seguro (Cortés, 2000).
Pero el problema de esta condición no radica en la naturaleza misma de los espacios para el consumo, sino en un fenómeno que aparece como consecuencia indirecta de su aparición: el tratamiento de espacios públicos cual si estos fueran privados.
La imagen del alcalde megalómano que se apropia de aquello que es de todos para hacer de él una oda a sus atroces delirios de grandeza y eternidad no es nada infrecuente en nuestra ciudad. El ejemplo más claro de esto es el emblemático Parque de la Reserva. Sometido hace algún tiempo a una inexplicable y extravagante, por decir lo menos, remodelación que contempla la forzada inclusión de 8 fuentes, además de las 5 originales, que completarán el “Circuito Mágico del agua” (en una ciudad con mas de un millón de personas sin acceso a agua ni desagüe), permanece hasta hoy cerrado bajo la amenaza de que se cobrará la entrada para el mantenimiento de tan “visionario” proyecto (D. Pereda, La República, 2005).
Imagen 1.
Se reserva el derecho de admisión. Parque de la Reserva observado desde las rejas perimetrales que lo enclaustran, ha permanecido cerrado por años tras su anunciada remodelación. Se tiene previsto cobrar 3 soles de entrada a partir de las 6 de la tarde a todo visitante, por el derecho a “disfrutar” del “espectáculo” ofrecido por el nuevo circuito de fuentes impuesto a este emblemático parque.
Fuente: Elaboración propia, 2007.
Ni qué decir de la prohibición a las manifestaciones públicas en la Plaza Mayor, negándosele la naturaleza misma de su creación. Quiebre total en las libertades de expresión que curiosamente pasa desapercibido, siendo aún más dañino que el cierre de cualquier periódico o canal de TV privado, por cuanto nos afecta diariamente como sociedad conjunta y como ciudadanos libres.
Sin embargo, y como ya hemos señalado, otros conceptos urbanos se ven afectados por esta condición cambiante de nuestra sociedad.
El caso de los bulevares es notorio. De aquellos tradicionales paseos centrales arbolados, de avenidas o calles muy anchas, hemos pasado a las calles peatonales o semi-peatonales con discotecas y/o bares a los costados. Los bulevares de Asia, Retablo o Los Olivos siguen esta marcada tendencia, donde el atractivo hedonista de los lugares de diversión nocturna es el principal motivador de los jóvenes asistentes.

Asistimos entonces a un cambio coyuntural en la percepción del espacio público, donde los espacios de consumo copan el lugar en el imaginario urbano de la ciudadanía de lo que alguna vez estuvo destinado al recreo y esparcimiento gratuito. Pero, ¿que probabilidades admite el futuro para nuestra ciudad?, ¿es posible que este escenario se atomice o es que acaso existe la esperanza para todo aquel que busca un paraje fuera de la diaria rutina del intercambio comercial?

3. Utopía

Imaginemos un escenario para nuestra ciudad no muy lejano en el tiempo. Donde todo espacio urbano fuera susceptible de ser vendido o alquilado, dejando lugar estrictamente para la circulación, sea horizontal o vertical. Este régimen totalitario revestiría de una dinámica poderosa a la ciudad, la cual quedaría definida por flujos interminables y claramente marcados, un lugar donde se va y viene sin parar. Un lugar donde no se admite espacio para la estabilidad fuera del edificio. La Nonstop City de Archizoom pero sin el ingrediente recreacional, ni espacios para parques o plazas. Todo se compra - todo se vende, esa es la consigna en esta Lima del no espacio, de los paraderos, estaciones y aeropuertos como íconos máximos del dinamismo urbano y del encuentro sin trascendencia. Una Lima-flujo en toda su expresión.

La condición de ciudadano se vuelve efímera y superflua, supeditada a la capacidad de consumo y al interior del edificio destino. Estos a su vez se esforzarían por ofrecer la mayor cantidad de programas en una sola edificación, lo cual llevaría inevitablemente hacia un crecimiento vertical de la ciudad. Galerías comerciales, teatros, parques de diversión, gimnasios, restaurantes, hospitales, bancos, canchas de fútbol, oficinas, todo esto puede ser encontrado en un solo lugar, ya no, teniendo a la relación horizontal como la principal, sino a la vertical. Todo esta perfectamente diseñado para mantener al ciudadano-consumidor enganchado al sistema interno. Dentro se es todo, fuera se es nada. Y es que fuera de estos, solo existe la suerte del anonimato, del no encuentro, de la movilidad eterna.

Pero siendo Lima una ciudad que respira y vive la informalidad día a día, sus habitantes encontrarán la forma de hallar una trampa en el sistema y esta se da justamente en los dispositivos creados para ensalzarlo.
Los puentes peatonales, espacios creados para el mero tránsito humano en vías de alta densidad vehicular, y en algunos casos solo de un edificio a otro, se convierten en una celebración de lo público atomizando situaciones que se han venido sucediendo a través de los años desde antes que esta Lima-flujo se convirtiera en lo que es.
Los ambulantes, dueños ahora de espacios afirmados y debidamente ordenados en los puentes, confieren programa a estos, mientras que los transeúntes hacen uso de la amplitud de sus calzadas para convertirlos en lugares de encuentro o de reposo, donde cada uno puede traer su mueble, silla o mesa y disfrutar de una bebida caliente, un trago o una simple tertulia entre amigos.

¿Escenario real, posible o tirado de los pelos? Lo cierto es que Lima-flujo no dista demasiado de la ciudad en que vivimos. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez, mientras camina por las azarosas calles de nuestra urbe, donde la palabra demasiado no existe en la lucha por la supervivencia día a día, si lo que vive no es una suerte de historia de ficción que no tiene fin?
El desarrollo urbano de esta a través de los últimos 30 o 40 años, parece incluso sacado del guión de una película de horror de los años cincuenta, con los alcaldes-villanos inflingiendo terroríficas medidas desde sus castillos-municipalidades, para castigar y hacer la vida imposible a sus habitantes.
Sin embargo, es en las dinámicas espontáneas que nacen de estos como respuesta a las decisiones que se toman a nivel macro en la ciudad, que se han creado las respuestas más creativas a carencias urgentes en materia de planeamiento urbano.
Nunca es tarde para replantear la participación del factor humano en el desarrollo de la misma, ni para luchar por esta desde la comodidad o incomodidad de nuestro rol como ciudadanos. La bola esta en nuestra cancha y toda propuesta es siempre bienvenida donde hay escasez de estas. Y es que si el gran tren del desarrollo no pasó por nuestra estación, quizás cientos de mototaxis puedan llegar a suplirlo.
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1 comentario:

Gabriela r dijo...

Interesante artículo. El pensar el espacio público como un espacio donde se experimente vivencias, se interactúe con el vecino con el conciudadano y no se reduzca a temas meramente funcionales.